Granada Eterna

Torre Turpiana Granada

Por "Jose Luis Serrano"

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Torre Turpiana Granada

Un 18 de marzo, de 1588, al derribar el alminar de la mezquita mayor o torre turpiana, apareció una caja de plomo embetunada. Contenía una imagen de Santa María con atuendo egipciano, varias reliquias y un curioso pergamino escrito en lengua árabe.

El manuscrito contenía una profecía de San Juan sobre el fin del mundo e informaba también acerca de las otras reliquias: Cecilio Ben Alradi, judío de nación, converso al cristianismo por Santiago Apóstol mandó esconder la caja para que no la encontrasen los musulmanes en el siglo I.

Esto es lo que pasó y este es el comienzo de una gran falsificación, queda claro. Pero déjenme cambiar algo la perspectiva.

Luna y Castillo, granadinos ambos, médico e historiador uno, teólogo y traductor el otro certifican la antigüedad de este pergamino y de los libros plúmbeos que irán apareciendo en los años siguientes.

¿Deliran? ¿Falsificadores? ¿Ignorantes capaces de sostener que en el siglo I hay musulmanes? Todo hace pensar que las cosas no son tan simples. En el mismo momento de la aparición salen a la luz los detractores.

El padre Ignacio de las Casas, granadino, morisco, ofendido al parecer porque nadie cuenta con él en la hora de la traducción. Juan Bautista Pérez, que será después obispo de Segorbe y que desde el primer hallazgo, desde el primer momento dice y hace saber todo lo que se puede decir sobre la falsedad de los plomos: que en el siglo I no se hablaba la lengua árabe en la Bética, que en aquellos años por no haber ni había mahometanos, ni había nacido Mahoma, que todo pues es una ficción.

Enfrente también el nuncio Camilo Gaetani, ofendido porque el arzobispo dio cuenta del hallazgo a Felipe II antes que a la nunciatura. Y enfrente los dominicos, la Inquisición y un tal Gurmendi, vizcaíno, cortesano, ex-paje, personaje detestable donde los haya, que muertos ya Alonso del Castillo y Miguel de Luna puso en duda el cristianismo de ambos, argumentando que las disposiciones del entierro de Luna (muy parecidas por lo demás a las del testamento de la reina Isabel) eran musulmanas.

Entre los partidarios: dos juntas de teólogos, los traductores, los obispos que desde el principio comprendieron que ‘el peligro islámico’ era menor que el peligro de la furia unionista y fundamentalista; y, no en último lugar entre los defensores del hallazgo, el pueblo de Granada, el mismo pueblo que llegando ya el Siglo de las Luces seguía siendo un pueblo de “vocación, corazón y religión multirracial”.

La historia termina en 1682. Un breve de Inocencio XI declara al pergamino y los plomos como “ficciones humanas”. Casi cien años en cerrar la disputa. ¿Por qué tantos años para algo tan obvio? Cabe una hipótesis: todo era falso, pero todo era verdadero desde otro punto de vista. Tal vez los pueblos en momentos críticos necesitan construir no sólo una utopía liberadora, sino también una arcadia redentora.

Esos textos, de alguna forma, contienen una arcadia de España que les sirve a los granadinos de la época para salvarse de los furores de un nuevo estado moderno sí, pero absoluto.

Aquellos hombres, entre otras cosas, querían hacer coincidir su pasado con el de una probable España Antigua en la que, por ejemplo, los invasores del 711 podían ser discípulos del Apóstol, en la que tal vez los sufis eran discípulos de Prisciliano y en la que iberos, romanos, sefardíes, godos y andalusíes se cocían, y se cuecen aún, en un troquel que no nos convierte –como algunos quisieran– en una nación homogénea y eterna, unirracial, estatal y centralizada.

Tan verosímiles son hoy estas hipótesis como sus matizaciones y, desde luego, más correctas son que la patraña en virtud de la cual Hispania y Gotia, se refugian en Covadonga para llegar ocho siglos después a Granada. ¿Dónde está la mentira de una mentira que devuelve su verdad a algo?

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